sábado, 3 de septiembre de 2016

Al otro lado de la barra...

 
 
 
 
Llegan un día cualquiera a un local de hostelería, ya sea un restaurante, un bar o un chiringuito de playa, qué más da dónde sea; Tienen una mesa reservada para comer y de poco más se van a preocupar, de estar con quien les apetece estar y de comer aquello que les gusta. Hoy es un día festivo que pasarán en compañía de los suyos.
 
Llegas, por otro lado y casi al mismo tiempo, a tu puesto de trabajo en ese mismo local de hostelería y la jornada, sabes por experiencia, será dura. Se prevé llenar el local tanto al mediodía como por la noche, el cartel de “completo” se colgó hace un rato y las mesas montadas ya, están todas reservadas. 
Los camareros esperan, a pie de barra, como soldados en formación a que lleguen los comensales. Tras la barra más personal esperando atender las comandas de sus propios compañeros y de todo cliente que se acerque a tomar algo. Y en la cocina, con los fogones encendidos ya, aquello que puede estar medio preparado reposa emplatado esperando salir a sala, el resto se hará sobre la marcha.
Dos visiones enfrentadas de una misma situación a un lado y al otro de la barra del local en cuestión. Desde el lado de dentro del negocio hay todo un mundo, invisible al ojo del cliente, digno de ser vivido al menos una vez en la vida. 
Para que puedas llegar tú, cliente, sentarte y casi sin mirar a la persona que te atiende, pedir aquello que deseas consumir hay todo un engranaje que se pone en funcionamiento automáticamente, desde la gerencia hasta la vigilancia nocturna, pasando por los equipos de  sala y cocina, todo un pelotón de personas que corren, corren y corren, para servirte a ti y a un montón más que habéis llegado casi a la vez.
Son unas cuatro o cinco horas seguidas de locura absoluta, donde la palabra compañerismo toma dimensiones descomunales. Leyes no escritas, respetadas sin necesidad de imposición, fluyen entre compañeros que son como una gran familia trabajando de la mano.
-A donde no llegue yo, sé que estarás tú, no pasa nada, somos un equipo!
-Cuando el cansancio te haga flaquear, alguien empujará tu estado de ánimo para poder seguir la carrera, no pasa absolutamente nada, -sigue nadando-
-Si los nervios entorpecen los actos y algo se rompe, algo se derrama o algo sale mal, un compañero sanará tu error, no te pares a arreglar el estropicio, de verdad que no pasa nada, ¿vas bien? Para eso están los demás, a un par de pasos por detrás de ti, para cubrirte y respaldarte, tú sigue la carrera.
Leyes no escritas marcan la diferencia en un trabajo donde los minutos cuentan para dar un servicio lo más extraordinario posible. Y la jornada, en un ir y venir de paellas, tapitas, carnes o pescados, con sus postres y cafés, va transcurriendo con aparente normalidad.
Después, cuando los clientes se marchen, la faena continuará. Una montaña de platos sucios se acumula en la cocina y hay que fregarlos para volver a empezar nuevamente. Las neveras se han de volver a cargar para seguir teniendo bebidas frescas y el comedor, que ha quedado hecho un desastre, hay que barrerlo, ordenarlo y organizarlo de nuevo, todo se ralentiza un poquito para volver a la carga dentro de un rato. El día aún no se ha terminado, se han servido las comidas, ahora le toca el turno a las cenas. No te pares!
Pero aquí no hay robots programados para una tarea concreta, aquí, al otro lado de la barra, hay personas, agotadas ya, que detrás de esa sonrisa que transmite un –no pasa nada- pasa todo. Cada cual ha llegado a este encuentro con su mochila, cargada de problemas personales, que han dejado aparcada en la puerta del local.
En los ratos más tranquilos la vida personal cada cual se va desgranando de a poquitos. Confesiones hechas a media voz, casi en un susurro, mientras estás compartiendo el momento de comer o el de limpiar, personas de diferente índole mostrando su fragilidad individual, esa que han abandonado por unos instantes para actuar con una fortaleza colectiva como el gran equipo que son.
Fascinada por relatos a veces rocambolescos, a veces divertidos y otras veces casi inverosímiles pero siempre respetables, he ido conociendo a unos seres maravillosos que me han cautivado desde el minuto cero.
Entre bromas, chistes, alguna que otra lágrima y mucha camaradería se desdramatiza un trabajo durísimo, no apto para seres débiles. O te endureces o te caes, no existe un punto intermedio. Aquí, en un chiringuito de una playa cualquiera y casi sin buscarlo, los he conocido a ellos, a los profesionales que están al otro lado de la barra con los que he compartido un montón de horas, un montón de risas y de aventuras que ya jamás olvidaré.
De ahora en adelante cada vez que entre en uno de estos lugares tendré una mirada diferente de las personas que están al frente del local. Y esto me lo habéis enseñado vosotros.
Sois, sin lugar a dudas, lo más grande que me llevo de este verano.


6 comentarios:

  1. "Un trabajo durísimo, no apto para seres débiles. O te endureces o te caes, no existe un punto intermedio". ¡Ay, cuánta razón tienes Celia! Tantos años que pasé haciendo eso mismo... me alegra saber que, pese al enorme esfuerzo que suponía el trabajo, lo disfrutaste al máximo. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Increíble artículo Celia, me has dejado mudo.Todo un placer haber trabajado a tu lado.

    ResponderEliminar
  3. Gracias a los tres por vuestros comentarios. Gracias por leerme, me encanta que os haya gustado. Ésta, ha sido toda una experiencia de vida que me llevaré conmigo para siempre ya, sobre todo lo bien que lo hemos pasado y las personas que he conocido. Sigo añorada de todos vosotros....

    ResponderEliminar